Durante siglos, la religión nos impuso la pesada carga de nacer con el pecado original. Hoy, las creencias religiosas ya no marcan la agenda de nuestras cuentas con la vida, pero la culpa sigue siendo un gran invento para controlarnos y angustiarnos.
Y, en una sociedad que sufre los desarreglos mentales como uno de sus grandes retos, la culpa siempre asoma. Voluntaria o involuntariamente, siempre somos culpables de algo.
Además están las culpabilidades de una sociedad adicta a las ‘penas de telediario’, que no acaba de librarse de aceptar la cultura de la burla de la ley como algo rutinario. Un país acostumbrado a asistir cada día a la letanía de la frenética actividad judicial.
Nuestra cultura del bienestar fuerza una sobreestimulación constante del yo como proyecto frente al compromiso con lo colectivo, lo que nos empuja también a una creciente culpa.
Sólo los gestos que aplacan nuestro cada vez mayor ego y nos hacen buscar el tú o el nosotros nos abren una cierta esperanza de absolución. La filosofía, el estudio de las religiones y los aledaños de los juzgados son escenarios donde buscar las raíces de nuestras cuentas pendientes.