El deseo como último combustible para que no se pare el motor del estado de bienestar. La sociedad de consumo promete satisfacer los deseos humanos en un grado que ninguna otra del pasado pudo o soñó. Pero esa promesa necesita, para mantener su poder de seducción, que siempre queden deseos insatisfechos. Perseguir todos los sueños es como intentar atrapar el horizonte: siempre estará más allá.
Un cada vez más incierto futuro, individual y colectivo, ha acelerado nuestra búsqueda constante de placer y felicidad. En resumen: aburrirse es delito.
Hemos construido la civilización del deseo. La industria de la captura de la atención. Moda, viajes, escapadas de fin de semana, arte, gastronomía, turismo constante… Una vorágine infinita e inacabable de estímulos que despierta una sed de novedad y placeres continuos.
Pero, en su afán por maximizar el placer del ‘carpe diem’ infinito, esta sociedad ¿no está terminando agotada, sin una satisfacción verdadera que haga plena la vida?