De la globalización y la caída de los muros, al tribalismo, las guerras de banderas, el rechazo del orden internacional con reglas y a nuevos muros para segregar o cerrar el paso al otro. Amamos lo nuestro, cada vez con más entrega, no porque sea más grande o avanzado sino porque, simplemente, es nuestro.
Cuanto más parecíamos esforzarnos en derribar barreras (raciales, culturales, religiosas…) más hemos acabado abrazándonos a nuestras raíces más atávicas.
Los nuevos e inabarcables horizontes digitales estaban llamados a disolver todas las diferencias grupales. Pero los algoritmos parecen encapsularnos. Y los popularismos ocupan cada vez más espacio en el ágora pública.
Sentir pertenencia no debería ser incompatible con ser capaces de ponernos en los zapatos del otro, como seguro que se esfuerzan en hacer fotoperiodistas que reflejan este mundo agrietado; un joven actor que cautiva las pantallas desde un gueto marginal pero muy cercano; o una relatora de la fluctuante cultura pop.